sábado, 1 de julio de 2017

Pareto el Grande

A CG, feliz verano

Vilfredo Pareto escribe sin contemplaciones. Los respetos humanos le molestan, más aún: le escuecen, como corresponde a quien descubre que verdad y utilidad ni concuerdan ni congenian siempre. La obra de los sociólogos paretianos franceses no basta para introducirlo en la academia de Francia. Ni Georges-Henri Bousquet, ni Louis Rougier, ni Jean Lhomme, ni Raymond Aron, ni Julien Freund, ni Jules Monnerot ("Pareto es mi afinidad electiva", escribe este último en Inquisitions). ¿Por qué? Freund lo explica lapidariamente en una carta a su amigo Giovanni Busino del 15 de de octubre de 1990: 

"La sociología francesa es durkheiminana, hexagonal y jacobina, ignorante -con apenas una o dos excepciones- de las investigaciones cursadas en otros países. Y además esto: Pareto es italiano, y un italiano... ¡tiene que ser músico, nunca filósofo o sociólogo! Era una opinión muy extendida cuando yo era estudiante.Pero la política también tenía su influencia. Para el joven socialista que era entonces, bastaba con esta declaración de Gurvitch, profesor de la Universidad de Estrasburgo en esa época: Pareto es un fascista, para tacharlo inmediatamente de mis apuntes". 

martes, 20 de junio de 2017

Homenaje a Jules Monnerot

Jules Monnerot, un francés de la periferia -como JF, lorenés; como GB, dhimmy tunecino-, es nacido de La Martinica en 1908. Viene de espumadores del mar Caribe que han escapado de milagro al filantrópico invento de monsiur Guillotin. En las islas, su bisabuelo toma a una mestiza como esposa y transfunde un cuarterón de sangre indiana en su linaje. En París se amista con los surrealistas y entrevista a quien se deja sobre los directores de conciencia -Giménez Caballero lo había hecho también en España unos años antes-. Funda el Colegio de Sociología con Roger Caillois y Georges Bataille y escribirá toda su vida sobre la irrupción de lo sagrado en la poesía (La poésie et le sacré) y en la política (Sociologie du communisme). Dice A2B que la suya es una obra que todo el mundo ha saqueado. Sin embargo, casi nadie le recuerda.

Monnerot veía un futuro de pedagogía y alogenia, incompatible con la continuidad de la civilización europea. Lo escribía hace treinta años. El problema capital de nuestra Europa drogada, paralizados sus íntimos resortes espirituales por el "gas" de la "culpabilidad", es la sustitución de un problema real por las homilías. El "problema real" de los hijos de Europa es la presencia en su solar de sesenta millones de musulmanes, adeptos a una política teológica incompatible con el Sermón de la Montaña y las tradiciones grecolatinas, no las homilías laicistas y vagamente liberales sobre la islamofobia. En la página 48 de  Desintox. Au secours de la France décérébrér, un libro de conferencias de 1987. Los seis millones de alógenos ("franceses de papel") que esa época viven en Francia le parecía entonces una magnitud sideral.

Monnerot no se hace ilusiones sobre el destino de Europa, asediada por el comunismo (un islam del siglo XX) y por el islam (un comunismo del siglo XXI), pero sus entendederas son políticas. No necesitamos de una ideología porque tenemos una cultura. Es preciso el kairós, ese momento favorable que debe aprovechar a nuestra "resistencia cotidiana. Molecular. La única eficaz". Por escribir con una libertad de espíritu insobornable Monnerot vive y muere fuera de la ley.

Jules Monnerot tenía la imaginación del desastre. El Muro cae inopinadamente en 1989. Nadie podía imaginarlo. Dos años antes, en un cifrado sin cifra para los europeos del Centenario de la Caída del Muro (1989-2089) apunta: "La logocracia imperial soviética dispone de un tiempo limitado para conquistar el mundo y ese tiempo se ha agotado". Vítor. 

martes, 25 de abril de 2017

Lo flúido

El mundo líquido de Zymunt Baumann es una banalidad superior, una evidencia para un mundo ávido no obstante de novedades. Se repite hoy como lugar común de una guía de buen conversador. 

El periodista alemán probado por el siglo XX, Friedrich Sieburg, en un libro extraordinario, Es werde Deutschland (1933), se da cuenta de que todo ha parado ya entonces en el "estado líquido; nada hay duradero salvo la conciencia de lo flúido". Lo flúido es, si cabe, la repristinación de lo líquido. Habla así quien tiene, como su pueblo, una hiperconciencia del tiempo: "La definición del absolutismo de nuestra concepción del tiempo alcanza el corazón del problema alemán". Esta es otra forma de referirse a la nación como sujeto político transformada en objeto de la política. 

De las páginas de Sieburg trasciende el desarraigo telúrico alemán, curiosamente un pueblo de geógrafos. Combate Carl Schmitt la hiperconciencia del tiempo de sus compatriotas, a la sombra del universalismo, del comercio mundial y de los océnaos. Raum, tan parecido a Roma, es el conjuro.

La sintonía de CS con FS es plena: constituye un error aceptar la deriva en el tiempo y presentarla como una conquista moral. Supongo que Schmitt suscribiría el programa telúrico de Sieburg: que Alemania alcance otra vez tierra firme y viva arraiga en la durée. En una ocasión le menciona en sus diarios de los primeros años treinta: "Jueves, 26.2.31. [...] ceno a solas con Clauß en un ambigú, después conferencia de Sieburg sobre los límites del entendimiento con Francia; mala pero ingeniosa".

lunes, 24 de abril de 2017

Inris (I)

Acudo al dentista muy temprano. Cuando llego está cerrado todavía. La consulta está en una calle muy transitada cuyo nombre no lo ha alcanzado aún la Ley de la Memoria Histórica y Cateta. En la calle de José Antonio imposible aparcar. Por eso lo hago detrás, callejeando, en un sitio inhóspito llamado calle de Levante, delante de una casucha que se diría abandonada. Del número no me acuerdo. Lo que sí recuerdo, aunque son las nueve y veinte de la mañana, es el mal fario del protagonista de After Hours, de Martin Scorsese. Encima, he confundido la fecha. Me espera el 25, no hoy.

Del inmueble, como relataría una pericia judicial, entran y salen unos ninis, muy jóvenes, como su propio nombre indica. La puerta del inmueble no tiene cerradura. Tocan la puerta y entran. Se abre la puerta y salen ahora con una bicicleta que es a las bicicletas de verdad como un Frankenstein a una virgencica románica. Uno de ellos se escama al verme allí, sentado en mi coche, leyendo y tomando notas. 

El quídam da unos pasos, como alejándose, pero retuerce el cuello y mira la matrícula de mi KIA. A mí nunca se me ocurriría ese gesto inquisitivo. ¿Qué le puede decir la matrícula de un coche a un anónimo transeúnte? Habla solo. Lo deduzco porque tiene al lado a una chica de entre veinte y cincuenta años -imposible precisar más-, que mira para otro sitio, abstraída, fumando, como una mujer de Solana.

Tengo con él unas palabras -mi ventanilla está abierta, craso error-. Pongo mi mejor sonrisa. Por cálculo utilitario no conviene mentir a curas ni a cirujanos. Añado yo que tampoco a un ejemplar humano como este rastacueros: así lo dicta el gen egoísta. Le explico que leo tranquilamente -no oso decirle que en realidad estoy releyendo, por si se lo tomara mal- el segundo corolario de El concepto de lo político: Sobre la relación entre los conceptos de guerra y enemigo (1938) y se queda tan conforme. Mira como un cazador.

Mi traducción de Der Begriff des Politischen, la de Alianza del 91, es espantosa, una españolada, una ofensa a la buena educación. Si no se ha confesado, el editor-traductor, un constitucionalista, está en pecado mortal. Reeditada después varias veces, no creo que los de la editorial le hayan bajado siquiera una de las mayúsculas espolvoreadas por el texto. No menos de trescientas erratas en un librito de páginas ciento cincuenta y tres es mucho desprecio de la ortografía y de la acribia. Muy parecida en su incuria a esta es la edición de las Respuestas en Núremberg, de Escolar y Mayo, que tiene un epílogo en el que no se escriben bien, ni una sola vez, el nombre del pueblo de Carl Schmitt, Plettenberg, y el del fullero interrogador de Schmitt, Kempner. Plettenberg es Plattenberg y Kempner es Klempner. Esa ele en medio parece puesta adrede. El San Casciano del Sarre es "San Cacciano", pero esto ya no importa.

El inri de esa errada edición está en la estupefaciente nota de la página 134. En un descuido -otro más que sumar a los trescientos citados-, el traductor advierte que Carl Schmitt se ha equivocado al transliterar al alemán una expresión del sánscrito: "a-mithra". "Error de transcripción. La grafía correcta es a-mitra". Es su point d'honneur en la debacle.

miércoles, 19 de abril de 2017

Schmittiana (n)

Los españoles que escriben libros y tesis sobre Carl Schmitt desde hace casi setenta años integran ya una buena falange. Unos son rentistas y sus canas se respetan. Otros, tal vez demasiados y demasiado acuciados por su carrerita, sanno ma non capiscono niente. La mayoría escriben sus Anti-maquiavelitos quinientos años después, pero ninguno tiene la clase de aquel Maquiavelo degollado. Se puede antimaquiavelar en nombre de la soberanía de Dios y sus vicarios temporales, reyes o emperadores, pero no de los derechos humanos y la democracia universal. Como Schmitt, aprecio mucho el libro de José Caamaño, jurista hurañísimo que lo escribe y desaparece. También el del Nomos y lo político y, tal vez por el desembarazo del autor, el de Contrarrevolución o resistencia.

* * *

Gracias a MM, factótum de los Carl Schmitt Studien, en viaje de estudios por Düsseldorf, Duisburg y Frankfurt, acabo de videoconferenciar con GM. De él tomo al vuelo lecciones de un minuto en nuestras conferencias telefónicas, una o dos al mes. También hoy, seguramente sin pretenderlo, me ha ilustrado.

GM es maître de coeur. Eso tiene que explicar el séquito de españoles de los dos hemisferios que con tanta atención le escuchamos y nos contamos su vida. Ahora han sido sus propósitos sobre el libro de un compatriota que le he girado no hace mucho, pero la última vez fue una noticia sobre el joven Maschke-énigmatique y la conversación sobre nuestro amigo común a quien dirige, admirado como yo por su grafomanía y su biblioteca de doscientos mil volúmenes, un dardo del carcaj de Unamuno: "¡Que escriba él!". No nos vemos desde lo de Uberlândia y desde entonces él ha pasado mucho, pero no pierde el ánimo.

Estoy leyendo su "Carl Schmitt abstraído y la ocupación de Renania", un petit chef d'oeuvre. Por el camino curioseo en el tomo que lo recoge, Der Tod des Carl Schmitt, reeditado ampliado y revisado en 2012, a booklet about short articles about a great author. La literatura sobre la recepción de Carl Schmitt en España es cuantitativamente importante: desde el José María Beneyto de 1983 al Miguel Saralegui de 2016 -un libro rebajado en la jerarquía de la inteligencia por el elogio ridículo de uno de los suplementos culturales orgánicos del país: "Las amistades franquistas de Carl Schmitt"-. 

Casi todo lo que se publica aquí parece lleno de lugares comunes y de observaciones que pasan directamente de las papeletas a las prensas. El maniqueísmo y la damnatio memoriae son incompatibles no ya con el rigor, sino con la piedad que se necesita para escribir sobre alguien, quienquiera que sea. Les envidio a todos por su falta de escrúpulos y por su decisionismo. Para mí la escritura es una tortura de la espalda y del espíritu. Tal vez porque tengo la certeza de que cada línea puede ser la última de las pobres mías y que en ella me estoy jugando la salvación. Y porque recuerdo con frecuencia aquella pregunta de Menéndez Pidal, ya muy enfermo, a Marías: "¿Julián, usted cree que veré a los juglares?".  

Pocos atinan. La verdad es que ni aciertan ni se equivocan, que es todavía peor, pues parece que se podría decir una cosa y la contraria. Esta atmósfera asfixiante de prejuicios explica la parca repercusión en España de la muerte de CS. En la tierra de la más significativa interpretación de las doctrinas schmittianas -integradas en planes de estudios y en temarios de oposiciones-, apenas unas notas de prensa, muy poca cosa si se compara con la desbordante reacción italiana.

La presencia de Schmitt en España, hispanizada su estirpe renano-moselana en Santiago de Compostela, tiene una explicación diáfana. GM la apunta como de pasada, inocente en la forma tal vez, pero consciente de que cuestiona radicalmente buena parte de la bibliografía española sobre el Mito-Carl Schmitt, a la que le pega un viaje mortal de necesidad. También a él le gusta tirar de la manta. 

Los juristas y escritores políticos españoles del tercio medio del siglo XX han comprendido. Más allá de las tendencias políticas y las posiciones ideológicas, algo puramente fáctico y accidental, el espíritu schmittiano es congenial del español. ¿Cómo no le va a entender, como nadie en Europa, una generación que ha mantenido vivo y operante el recuerdo del imperio y que tiene la experiencia de la guerra civil? 

miércoles, 12 de abril de 2017

Cerezas del año 12

Reviso los billetes de un amigo para poder contar su breve encuentro con Carl Schmitt, después prolongado en lecturas y meditaciones, una primavera de hace ahora cincuenta y cinco años justos. Catedrático jubilado, vanguardia de la iglesia discente que viaja de vez en cuando al Rif para bautizar moros, me apunta noticias que merecen, siquiera, ser reproducidas en un dietario. Dejo para otra ocasión la imagen del arzobispo vicario general castrense, fray José López Ortiz, fumando "chesterfields en cadena".

"Conozco", me dice en septiembre de 2012, "[las] maravillas de Miguel d'Ors. Sabrás que como poeta es Premio Nacional de la Crítica por su Curso superior de ignorancia (Ediciones de la Universidad de Murcia 1987). Te daré un ejemplar aunque lo tuvieres. Al igual que tú en la huerta, ninguneado por la malísima sombra granadina. La murciana tampoco es manca [...] Mis notas quizá logren te dignes redactar una nota necrológica de tu viejo amigo y, desde luego, admirador. Soy consciente del paulatino y muy creciente enmerduscamiento de las universidades, donde los sempiternos odios, envidias y conspiraciones del silencio quizá emerjan [ahora] con más vigor. A mí me ha ido francamente bien, entre otras razones por no importarme nada los dimes, diretes y, casi nada, la malísima leche reinante a medias con la ignorancia. Satis".

Amén. Si puedo añadir algo es que, en efecto, pocos días después recibo los poemas premiados. Al ver en exordio de mi introducción a Julien Freund unos versos suyos de Chronica, supongo que tengo ya con Md'O una familiaridad de veinte años. Caray. 


Inefables manzanas

Las manzanas dorsianas que yo robo son de segunda mano. Las recojo por el camino y las voy guardando entre las virutas y el serrín de alguna nota a pie de página.

Ahora mismo estoy adobando una que le distraigo a Jean Giono. Su deliciosa visita al solitario de San Casciano, "El señor Maquiavelo o el corazón humano desvelado", fallida introducción a las obras completas en La Pléiade, explica mejor al florentino que varias bibliotecas de tediosa literatura secundaria escrita por profesores.

Don Nicolás "tira de la manta": [Machiavel] vend la mèche de l'humanité tout entière. El príncipe lo mismo podría llamarse El tendero, pues se ocupa del amor y del odio, de las perfidias y los abusos de la humanidad entera, una legión de príncipes que puebla la tierra, unos ejercientes y otros en potencia. 

Después, y este fogonazo lo cambiaría yo por mi En la cabellera del cometa, se encara con Hobbes.

Maquiavelo, dice Giono, pertenece a la "civilización del aceite"; tal vez por eso los olivos nos saludan en su obra. En la Historia de Florencia (libro sexto, capítulo trigésimo cuarto) se detiene para describir los efectos del huracán que arrasa los pagos de Piombino el 24 de abril de 1456, admirado como un niño por la fuerza de la naturaleza, que aviva en el corazón del hombre el recuerdo de la potencia de Dios.

Maquiavelo, como Cervantes en el Quijote, escribe admirablemente sobre las noches. Aquí y allá se escucha el bullicio de las calles y se contempla desde la logia el tráfago de los comerciantes. Nadie como él conoce el influjo de las estaciones sobre la política. Hay en su obra "el rumor marino del viento en el follaje de la estrecha franja de tierra que separa el Tirreno del Adriático".  Advertido en su lectura, Giono tiene autoridad para prevenirnos contra Hobbes: ¿cómo puede un hombre escribir sobre el alma humana sin mentar una sola vez la lluvia?   

jueves, 23 de marzo de 2017

Demographica

La demografía europea limita con la guerra civil. 
La cuestión no tiene vuelta atrás cuando la disyuntiva "O nosotros o ellos" se convierte en "O nosotros o vosotros". 
Es el "materialismo demográfico" de Gunnar Heinsohn, pero que tiene raíces muy anteriores a las que echa su libro de 2003 Söhne und Weltmacht. Terror im Aufstieg und Fall der Nationen.

domingo, 19 de marzo de 2017

Amitiés, monsieur Stakhanov

Del mismo viaje a Brasil en el que aprendo más sobre la democracia que en los libros de Giovanni Sartori, descubro también que la materia prima de toda sabiduría política es la anécdota. Lo dice Julien Freund. No me extraña que las regularidades políticas sean siempre banalidades superiores.

Bajo la enorme impresión de mis observaciones, ajenas por completo a las conferencias y lecciones ad hoc sobre Carl Schmitt, generalmente repetitivas y profesorales, escuchadas en una reunión internacional, la primera celebrada en aquel poderoso Portugal ultramarino, regreso a casa con un extraño sueño en el magín: la conversión al catolicismo de M. Stakhanov.

No hago caso y lo achaco a las radiaciones del hemisferio occidental. Lo curioso es que en mi sueño no me sorprende ese giro espiritual que dejaría pequeñas las conversiones del renouveau catholique de hace un siglo. Me veo con él delante de la fachada barroca de la catedral de Santa María de Murcia. Salta entonces por los aires el decorado y los dos nos encontramos y nos sostenemos la mirada recogiendo estampas piadosas en la basílica de Nuestra Señora de Luján. Después, en una soledad perfecta, releo la traducción española de Comment peut-on être païen?, publicada por Ediciones Nueva República. Es un ejemplar que se ha salvado del secuestro judicial y que tienen anotaciones y tachaduras de la mano del autor. No recuerdo las razones, pero la conversión se me hace transparente al leer sus propias acotaciones manuscritas. La misma impresión me causa su diálogo con Thomas Molnar sobre L'éclipse du sacré. A continuación escribo una rendición de cuentas sobre el caso A2B que debe leer Carl Schmitt para enmendar así la primera frase de su Catolicismo y forma política: "Es gibt einen antirömischem Affekt".

Solo a CG y a DGH, a este en diciembre último, les he contado, tal vez con menos detalles, este sueño de los primeros días de noviembre de 2012. De aquel sueño ha guardado también esta anotación imaginaria sobre el estajanovismo de M. Stahkanov, que completa, a su vez, otra anterior, en este caso real, decantada en el hotel de Totana mencionado por Alain de Benoist en una "conversación inacabada": el estajanovismo encuentra en el mundo un objeto para exaltar la inagotable productividad de la inteligencia; en cierto modo, se trata de la última expresión antirromántica posible del espíritu romántico.

Herzliche Grüße, Herr Maschkiavelli

La democracia es un sinsentido metapolítico, sobre todo cuando se decide prolongar una visita turística o cancelarla. Una de las inteligencias superiores que viajan en el mismo microbús que uno, sufragista pasivo de un modesto colegio electoral que comprende en su censo la mitad de toda la estirpe del realismo político europeo, es preguntada y responde.

En su existencia accidental, este breve colegio se asemeja a cierto tipo de agrupaciones sobrevenidas estudiadas por Gustave Le Bon en su libro de intuiciones sobre la psicología de las muchedumbres.

El que puede preguntar y pregunta, un profesor de Filosofía del Derecho de una facundia extraordinaria, pide opiniones más que respuestas. Nos interpela como electores. Sondea nuestro apetito, no nuestra auctoritas.

El conteo da una mayoría aplastante a favor de una opción. Se trata de un plebiscito: o sí o no, de una disyuntiva política pura: o continuar o regresar. La política, antes de expresarse en la guerra, constituye un duelo lógico. Por eso, cuando se multiplican las opciones se cambia también la naturaleza del problema, transformando la disyuntiva en un ridículo test académico. Es la antipolítica de los presupuestos participativos, una "derivación" deliciosa para uso de populistas de izquierdas.

Pues bien, inclinándose la mayoría, una mayoría casi soviética, de más del noventa y cinco por ciento, por el regreso, se decide continuar. Maschkiavelli ironiza: "Te preguntan para no hacerte caso". Le duelen las rodillas y suspira casi imperceptiblemente: Cette drôle de démocratie! Este espíritu carnal y telúrico, también hostigado por la clase discutidora en el corazón del Brasil, se fuma entonces un parliament y me habla de Donoso Cortés, su espíritu congenial.

El complejo de Ockham y su antídoto

Brujuleo en las ondas y por instinto arribo a los puertos del imperio interior de Alain de Benoist, un espíritu telúrico que no soporta la homogénea unidad del mar. Los océanos, el inmenso océano, the watery part of the world, no conoce fronteras ni alteridad. Por algo dice san Juan que después de la lucha postrera del segundo milenio "el mar no existía ya".  

En la radio, de camino a la facultad, el miércoles de ceniza, se ha formado una gran polvareda de palabras a propósito de los latrocinios de un gandul -Pla lo dice de Eugenio d'Ors con mucha gracia-, de un pobre diablo exaltado a la presidencia de un "excusado con bandera e himno", después de haber sido espolique de su predecedor, conseguidor, alcalde de su pueblo y delegado perpetuo de curso en su facultad, en Granada, no hace tantos años.

Acabo de releer, ahora que tengo el libro, la "Confesiones de un renegado (balance extremadamente provisional)", un texto soberbio de GM incluido en un tomito sobre el mayo del 68 de la Nueva Derecha. No puedo pasar de largo sin la gustosa primalectura de las experiencias de De Benoist en aquel memorable mes de la Virgen. Entonces era expulsado del país Dany le Rouge, de todos aquellos botarates el que, a juicio de De Benoist, mejor ha envejecido.

Estas simpatías de Alain son para mí un misterio, pues en 1998, fecha de edición de este memorial coral, Daniel Cohn-Bendit vive cobrando de eurodiputado desde 1994, no anarquista ni comunista, sino verde que te quiero verde. A pesar de todo, a De Benoist, una de las minervas más luminosas de Francia, da igual si contamos a partir de Charles Maurras o de Clodoveo, le parece que su patria hubiera hecho bien en quedarse con Cohn-Bendit y extrañar a todos los demás. Sobre los corsi e ricorsi maurrasianos en A2B, ahora que tengo fresco el recuerdo de las seis mangníficas entrevistas grabadas por Paul-Marie Coûteaux para TV Libertés y mi conversación de anoche con el girardiano DGH, no puedo apuntar ahora mucho más, pues me inquieta el complejo de Ockham.

Si me defiendes con tu espada te defenderé con mi pluma, le decía el franciscano Guillermo de Ockham a Ludovico. El noble Antonio Machado, contagiado en su vejez por el mismo complejo político, le escribe a Enrique Líster un soneto con el famoso envío: Si mi pluma valiera tu pistola. Pero Líster, uno de los estrategas comunistas de Elda, tenía nombre de cuatrero de wéstern, no de emperador bávaro.

La inteligencia política nace de la decepción, de la marcha atrás y la retractación, del "sentimiento de repetir muchas opiniones que, de pronto, te parecen falsas". Cuánto recuerdan estas palabras de A2B aquella déception surmontée de Julien Freund, socialista según sus condiciones vitales objetivas y no por sucedáneo intelectual obrerista: "En lo sucesivo he experimentado la necesidad de trabajar exclusivamente en el plano de las ideas y, en la medida de mis posibilidades, partiendo de cero".

Me deja muy pensativo su pensamiento sobre la actividad política: aunque pueda resultar gratificante, no deja de ser una pérdida de tiempo. Es el antídoto para la soberbia política del intelectual. Donde nace el pecado sobreabunda la gracia, sí.




miércoles, 15 de marzo de 2017

Esperando pacientes al señor Müller-Armack

Esperamos en la antesala de la consulta Y y yo. El motivo es gozoso, pues esperamos nuestro tercer hijo. Una conocida de ella nos da conversación. En el periódico regional busco alivio, pero un manifiesto inmaculado contra la corrupción firmado, como diría Montiel, por botafumeiros, traspuntes, cómplices, mártires y tontos útiles me devuelve a la realidad del policlínico.

En unos pocos minutos, el pensamiento de esta chica se vuelve para nosotros traslúcido, como el tiempo que vivimos con tanta incertidumbre. Habla sin reserva. Es más joven que yo, pero sus palabras tienen tanto aplomo que parece que las han atravesado no uno, sino varios siglos. Sus padres, ya mayores, son la coartada perfecta: desde 1968, con el permiso de Juan Jacobo, siempre hay alguien a quien culpar por nuestras resoluciones abominables.

Su hijos van a un colegio religioso para que reine la paz familiar. Por la misma razón política los bautizaron y les harán comulgar en mayo. Pero no van a celebrar especialmente un "simple contrato" en el que sus hijos se "comprometen a ser personas". Parece una definición posmoderna de la Primera Comunión que nos hace pensar, a Y y a mí, feligreses de una parroquia castrense cuyo cura tampoco le gusta a nuestra amiga, que está sacada de las páginas de Ecclesia futura, del padre José Antonio Fortea.

Repudia la institución eclesiástica, con sus oropeles y su hipocresía. Con todo, le gusta Francisco y dice conservar la fe evangélica. Estas opiniones están desde hace más de doscientos años al alcance de cualquiera.

De pronto veo en el espejo que tenemos enfrente la imagen de Alfred Müller-Armack, que está leyendo su libro El siglo sin Dios sin dejar de hacer visajes. Se ve que nos estaba esperando. La chica está desnudando su alma. Nos explica que a sus hijos les explica que la abstinencia de los viernes cuaresmales es una obligación mohosa y anticuada, como de "hace cuarenta años". Miro a don Alfredo pensando en la reductio ad Francum y tengo la impresión de que ha captado mi pensamiento. Lo moderno e higiénico es la dieta triste y rigurosa a la que todos se someten en casa, como los moros al Corán.

En este punto toma la palabra el Sr. Müller-Armack y enuncia las leyes del declive de la fe. El alejamiento de lo religioso traslada el inexorable "acto religioso [...] a una esfera que no le resulta adecuada". Semejante traslación supone la separación de una religión determinada para, sin solución de continuidad, encuadrarse en otra. Se trata de la formación de ídolos, un remolino de contradicciones.

Universitas

Almuerzo en el campus de la ciudad con una doctoranda en plena vía dolorosa. Se encuentra al final de la elaboración de su tesis, un estudio sobre un sociólogo de la paz con facha como de Tartarín de Tarascón. Me llama la atención que este irenólogo sincretista prefiera la carnalidad del sur de Europa a las brumas boreales.

Dejo mis asuntos, los perentorios y los peregrinos, y hago con ella el cirineo.

Detrás de mí, por sus comentarios intempestivos, reconozco el timbre rotundo de un buen amigo. Jubilado, pasa sus horas en la hemeroteca Clara Campoamor, una inversión millonaria de cuyas soledades apenas si disfruta él exclusivamente, de diez de la mañana a ocho de la tarde. Alguien, cuya voz no reconozco, lamenta el atropello académico del que acaba de ser objeto, aspirante a una cátedra de Derecho Administrativo. Escucho una respuesta que pasma a casi todos los comensales de la sala, solicitantes también de algo o acreditables, meritorios todos: "... La universidad española está destruida, es una mierda. ¿Para qué quieres ser catedrático de una mierda?". Dicho lo cual sigue con su perca al horno.

martes, 7 de marzo de 2017

El Cabo austriaco y su espíritu telúrico

El 9 de noviembre de 1982 el constitucionalista italiano Fulco Lanchester entrevista a Carl Schmitt en su casa de Pasel, en Plettenberg. En el San Casciano del Viejo del Sarre. La conversación, que dura tres horas, se graba en un magnetófono. El resultado, "Un giurista davanti a se stesso. Intervista a Carl Schmitt" se publica al año siguiente en los Quaderni costituzionale, nº 1, 1983. Pero Schmitt, tal vez, no desea ver aireadas esas confidencias suyas a Lanchester. Giorgio Agamben la recoge en 2005, junto a otros textos y entrevistas preciosos (un coloquio radiado el 1 de febrero de 1933 o una conversación con Dieter Groh y Klaus Figge, asimismo radiada en las estaciones del Südwesfunk de BadenBaden el 6 de febrero de 1972) en Un giurista davanti a se stesso. Saggi e interviste (Neri Pozza, Vicenza 2012). En esta edición, la segunda, acabo de leerla esta mañana.

La frescura y la libertad de sus opiniones convierten esa entrevista en el boceto de un autorretrato delicioso. No hay manera de acabar con él. Da igual que lo conviertan en "tema" de tesis doctorales los idiotas de los que habla sin recatarse.

Schmitt es un fuera de serie. Un espíritu de la cofradía de los ángeles custodios del realismo político. Ese "nivel" impone unas condiciones al lector. Es problema de cada uno someterse a ellas o no hacerlo. Desde luego, no son bien recibidos ni los románticos, ni los moralistas, ni la mezcla de ambos, a saber: cierto tipo de profesor universitario que nos fatiga con sus escrúpulos morales y sus chismes estupefacientes.

En 1942 aparece Land und Meer, cuya edición original dedicada, me tiene prometida JB. En su conversación con Lancherster, Schmitt se muestra orgulloso de la edición Maschke de ese librito, aleación de la experiencia histórica con sus vivencias personales. De hecho, se lo ofrece en la primera página a su hija Ánima, "una niña que entonces contaba doce años": Meiner Tochter Anima erzählt. Escrito cuando se libra en África la batalla de El Alamein, un almirante le escribe, recién publicado, para pedirle cuentas por la dedicatoria: "¿Por qué lo dedica a una niña y no a Adolf Hitler?". Cualquiera, en esas circunstancias, se habría salido por la tangente poniendo alguna excusa. Treinta años después podría también haber recordado que Hitler era un ignorante o un criminal o que le faltaba un huevo o los dos. Está claro que a Schmitt no le importa gran cosa lo que puedan pensar de él los señoritos de la Santa Hermandad.

La respuesta de Schmitt al almirante que pregunta -Álvaro d'Ors recordaría en este punto que pregunta quien puede y responde quien sabe- es de una sencillez y una obviedad casi banales: "Hitler nunca ha visto el mar. Nunca se ha embarcado. Una vez llega a Budapest por el Danubio". ¿Cómo se le puede dedicar un libro sobre espumadores del mar, piratas y cazadores de ballenas a alguien que nunca ha sufrido el más leve mareo a bordo de un barco?    

jueves, 2 de marzo de 2017

Katzbalgerei y désespoir

Decía el general prusiano Gerhard von Scharnhorst que la política es una lucha exasperante y sin objeto por el poder. En cambio, al felibre Charles Maurras, un romántico antorromántico, le parece que la desesperación en política es una estupidez. Sería largo de explicar, pero lo Scharnhorst no quita lo Maurras.

lunes, 27 de febrero de 2017

Teología y sociología de las costumbres

Acabo de escribir que cuarenta años es muy poco tiempo para andar haciendo confesiones. Aún así, con siete, Julia me hace esta confidencia: "Desde que tengo cinco años quiero hacerte esta pregunta, papá". Así, en presente histórico, como Julio César en La guerra de las Galias. Sigue: "Si Dios ha hecho el mundo, ¿antes de Dios qué había?". El buen cura de la parroquia castrense donde va a catequesis puede estar contento con ella. Como yo con él, por cierto, cuando improvisa imaginativamente en la liturgia y cambia el sursum corda por un arriba España, que aparentemente solo yo, gozoso, he escuchado. Pero Julia continúa su interrogatorio. Como ya sabe lo que pienso yo, me pregunta qué piensa Dios de los "adolescentes", en realidad ninis de unos trece o catorce años, tatuados e infibulados, que pasan la tarde entrando y saliendo de un local de moda.

miércoles, 25 de enero de 2017

La compasión

La traducción es un arte depurado y sublime y seres anónimos y desinteresados los traductores, mártires del espíritu. Rezo por ellos: "Para Dios nunca seréis héroes ignotos". 

Tengo ahora delante la estupenda versión italiana de Roma madre, de Ernesto Giménez Caballero, traducida por Carlo Boselli con el título Roma risorta nel mondo (Ultico Hoepli, Milán 1938). Me la acaban de traer a mi fiesta particular del memorable día 25 de enero de 2017, el de la conversión de San Pablo, traductor también de la Palabra. Ayer llegaron conmigo, de la librería de Nicolás Poyato el hijo, En torno al casticismo de Italia, de Malaparte, en traducción de fantasía de Gecé, y un folleto, España y Franco, en el que Giménez Caballero sermonea a España ante los oídos y los ojos sufrientes de los combatientes nacionales ("Franco es la sonrisa", ahí lo pone, en la página 22). 

Bienvaventurado Boselli por traducir a don Ernesto. Boselli es un venerable, un beato italiano. Santo subito! Apenas se queja: "Este libro ha sido amorosamente traducido, intentando superar dignamente las dificultades del texto, ni pocas ni leves". Poner en italiano esa prosa de "estilo volcánico y revolucionario", "entre siglo XVI y siglo XX", "entre Góngora y Marinetti" le costó la salud a Boselli, el honor del hispanismo italiano por los siglos de los siglos.

domingo, 15 de enero de 2017

Escolio a un texto implícito

Alcanzada la mayor edad para el sufragio pasivo, me someto mañana a una votación con este parvo programa, homenaje a Don Colacho: "... escéptico en materia electoral, prefiero el mérito al favor". Más no puedo transigir con los demócratas.

sábado, 7 de enero de 2017

Carlos el Moraco


Hace cuatro o cinco años, en un rastro de la playa, en medio de huertas de berza y limoneros, cayó en mis manos una primera edición autógrafa de L'avenir de l'intelligence, de Charles Maurras, Carlos el Moraco –deduzco de un pasaje del Maurras de Giocanti que mi hispanización de su apellido por el étimo no disgustaría al romántico antirromántico de Martigues–.

Ese libro ha sobrevivido cien años sin una mácula, pero cuando ahora lo alcanzo para leerlo sus páginas exhalan todavía el olor de los puestos entre los que me captó. Trascendía de ellos, sobre una lona con alma de red, un aroma de encurtidos y salazones, de aceitunas y, sobre todo, de hueva de mújol salada y prensada, el exquisito despojo de la pesca mediterránea que tanto apreciaba del félibre Maurras. Al fin comprendo.

Me contentaba tenerlo a mano hasta ahora. Pero se conoce que necesitamos siempre de un guía, como en la Divina Comedia, mio duca, mio dottore –copio a Maurras, que nos inicie. Después el monte se nos vuelve orégano. Así arribo, nunca mejor dicho, a los cuatro extraordinarios volúmenes de Oeuvres capitales (Flammarion 1954), que empiezo por Anthinéa y por el bello relato de su viaje a la Grecia de los primeros juegos olímpicos de la era moderna.

Maurras no es adrede un teórico acabado: la vida es demasiado corta para vivir con la obsesión del "encadenamiento lógico de verdades bien definidas". Su obra es pues algo vivo, una fuerza de la naturaleza, cambiante como la Camarga, trabajada por el viento, por el Ródano y por el pulso del mar. Eso explica su destino, tan lejos de la cosa juzgada. Consciente de ello, Maurras ve en su obra capital, depurada de lo accesorio y eventualmente comentada por él en el último año de su vida, su avenir total, la quintaesencia de su posteridad.

Me entusiasma ese clarinazo de clasicismo que es Anthinéa. Me recuerda a los suspiros filiales por Roma madre de otro romántico que dice renegar de su vocación por el vagabundeo intelectual, antikrausista por las mismas razones que tendría Maurras para ser antidreyfusard, Ernesto Giménez Caballero; también a los de Josep Pla, aunque el catalán, morrasiano conspicuo, prefiriera quedarse finalmente amodorrado soñando con el Canigó, libando xarel·lo y buscando cargols per a la llauna

Nadie como Maurras para clavar la definición del espíritu romántico: "Un principio de curiosidad infinita", "un caos ambulante" que "nada elige ni prefiere, vegetando en una inercia indiferente" y que, sin embargo, se asemeja a una "movilidad extrema". El romántico, apunta al fin, es un canto rodado. Perfecto, por cierto, para el autor de El  cuaderno gris.

¿Y qué decir del espíritu telúrico de Maurras? Solo a un amante de las albuferas y del cabotaje por un mar espumado desde la antigüedad homérica se le puede ocurrir aplicarle al informe elemento acuátil, refractario a toda medida, las categorías espaciales de la lógica euclidiana. Rien n'est plus fini que la mer. En ese criterio se encierra toda la geopolítica trascendental morrasiana.

¿Y de su mentalidad antidemocrática? Aleccionado por Grecia, pero sobre todo por la historia de los Cuarenta Reyes que levantan Francia, Maurras denuncia la locura democrática por razones estéticas y por piedad patriótica. Cuando no se encuentren ya argumentos legitimadores del escepticismo en materia de formas de gobierno, seguirá teniendo sentido el argumento natural y sensitivo de Maurras que yo me permito traducir libremente en el espíritu de aquel gran provenzal: "Con los bienes que las generaciones tan lentamente crían, las democracias van y plantan una falla valenciana".